sábado, 25 de octubre de 2014

EL DRAGÓN DE CORAZONES (Cuento)







En un lejano pueblo de oriente existe una leyenda sobre un dragón, al que llamaban: “Dragón de corazones”. Era muy temido, pues quien había sido presa de este terrorífico animal, quedaba tocado por una extraña melancolía. Luego seguía una segunda fase donde el individuo, para paliar ese sentimiento y no sentir dolor, se atrincheraba en sí mismo, para hacerse fuerte y lidiar con el exterior; pues el dragón había succionado toda energía amorosa dejándolo árido y seco, tan seco que había sellado su interior con una capa de hielo.

Ya quedaban pocos corazones, así que el rey decidió poner remedio a esta tremenda situación. Hizo anunciar, a través de un mensajero, que se compensaría con grandes riquezas a quien pudiera liberarles de aquel monstruoso animal, que se estaba llevando su felicidad y sanar a sus habitantes del frío raciocinio extremadamente calculador, que les producía el hielo interno. Algunos ya lo habían intentado sin éxito alguno.

Las bodas se celebraban con poco éxito. Las partes implicadas estaban ilusionadas con su enlace, pues sólo deseaban llenarse de amor. Transcurrido un determinado tiempo se daban cuenta que el otro estaba vacío y nada podía darle sino exigir amor sin medida, de forma insaciable. Estaban tan sedientos de amor, que se disfrazaban y usaban complicadas estrategias, para poder obtenerlo de su cónyuge, pero la gran frustración venía cuando todas sus artimañas fracasaban, porque el otro también estaba esperando lo mismo para llenar su gran vacío. Como es normal un vacío no podía llenar otro vacío. Se sentían subyugados, amargados, llenos de reproches y exigencias que no se cumplían. Nadie  podía dar, pero todos querían tomar amor.

Un día pasó por aquel lugar un extraño ermitaño, que se presentó como sanador. Era clarividente y más que ver personas, vio almas esqueléticas que se paseaban por las calles. Aquello fue una visión escalofriante: estaban muertos por dentro. Habría que insuflarles vida con amor, pero aquello era mucho trabajo y le sobrepasaba.  ¿Cómo podría sanarlos a todos? Entonces después de darle algunas vueltas al asunto, se le ocurrió empezar por las parejas y se ofreció como consejero matrimonial; pero no funcionó. Nadie quería colaborar, el  hielo interior no les dejaba.

Habría que hallar algún nuevo remedio que fuera efectivo y al mismo tiempo desarmase al dragón. Se inscribieron muchos más candidatos con pócimas aparentemente extraordinarias. Hubo más de uno que contribuyó con algún brebaje de extrañas hierbas, recogidas –según se cuenta- en un bosque mágico; pero éstas sólo le producían un profundo sueño y aunque en ese estado era vulnerable,  nadie quería acercarse para darle muerte, por miedo a que se despertara.  

Ya no acudían visitantes ni a las ferias, porque se había corrido la voz de lo que acontecía y se rumoreaba que era un viaje de ida sin vuelta. Los habitantes apenas salían de sus casas, porque estaban  aterrados. Tan solo lo hacían para ir en busca de alimentos y lo hacían con el miedo a regresar  vacíos y fríos.

Cuando menos se lo esperaban, un día apareció una extraña niña, que llevaba en la cabeza una especie de escafandra, esos cascos que se ponen para bucear, ya habréis visto alguno. Se dice que era un habitante de otra galaxia. Desconocía la existencia del dragón. Se paseaba por las desérticas calles y aquello le pareció un pueblo abandonado. Mientras se paseaba iba recogiendo alguna que otra semilla y algún que otro fruto. Gozaba del calor del sol y de la suave brisa que levantaba sutilmente sus cabellos dorados. Iba tarareando alguna canción cuando vio en el horizonte un fuego. Se acercó con cautela y vio al dragón bostezando, mientras éste emitía una gran bola de fuego, que lentamente salía de su boca, como una bocanada.  La niña la convirtió en una antorcha y jugaba con ella. El dragón medio somnoliento quedó asombrado: en la niña había ausencia de miedo. La criatura cuando se cansó de jugar, apagó la antorcha y se quedó mirándolo fijamente a los ojos. Su mirada penetró su alma y vio en ella un gran vacío causado por un gran abandono y falta de amor en su más tierna infancia. Palpó su dolor y se enterneció. Se  hizo copartícipe y en aquel momento los dos eran el mismo corazón roto.  La niña aprovechó esta oportunidad que se le brindaba y a modo de transfusión le traspaso, voluntariamente y con gran conciencia, parte de su energía amorosa, mientras se abrazaba a su lomo. El dragón empezó a llorar, jamás nadie lo había abrazado y lloró durante todo un año, sin cesar, con gran tristeza. Sus lágrimas tenían el poder de deshacer el hielo del embrujo de los corazones que había helado.

La niña  pidió a cada uno de los habitantes de corazón rescatado, que se subiera encima del lomo del dragón y lo abrazase. Y así fue como todos los habitantes sanados, a diario, hacían cola para darle un abrazo, ya no le tenían miedo. Poco a poco el tamaño del animal iba disminuyendo, también sus lágrimas. Finalmente cuando la niña cumplió dieciocho años, el dragón se convirtió en un hermoso príncipe. El rey,  que no tuvo hijos, los adoptó como suyos y les nombró sus sucesores. Se dice que gobernaron con gran corazón, que sus acciones siempre fueron ecuánimes y que se propago una gran felicidad entre todos sus habitantes. Todo extranjero que visitaba aquel cálido lugar era contagiado de una gran fuerza amorosa y que a su vez éste también se convertía en fuente de transmisión de amor.






FUNDIRNOS (poesía)





Es evidente que nadie
puede alcanzar la cima
sin haber estado abajo.

No hay hijo si madre.
No hay día sin noche.
No hay cielo sin tierra.

 El fuego purificador
nos eleva como vapor,
para fundirnos con la luz.




sábado, 11 de octubre de 2014

EL PALOMO Y EL PAVO REAL (cuento)






En un paraje convivían diferentes animales con cierta armonía, pero no completa, porque dos miembros de la comunidad estaban enfrentados: el palomo y el pavo real.

El palomo era muy trabajador, apenas descansaba, siempre estaba atareado. El pavo real era más bien algo perezoso, más contemplativo,   algo vanidoso al que le gustaba gozar de lo bueno que ofrece la vida: el sol, la lluvia, la brisa, un buen baño… El palomo engullido por tanta acción, trabajo, compromisos y responsabilidades no se fijaba para nada en su entorno.

Tanto el uno como el otro se menospreciaban, por tener puntos de vista tan opuestos de vivir la vida. Eran tan antagónicos que la postura del uno ofendía rápidamente a la del otro. Prácticamente no se hablaban y cuando lo hacían, solo servía para crear una fuerte discusión. Si podían se evitaban y si no se creaba tensión al verse y  sus  plumas se colocaban en vertical, al estilo erizo.

Así  fue que un día un águila, viendo al palomo algo despistado y cavilando, se percató de que era una presa fácil y fue tras él para capturarle. El palomo aunque estaba medio absorbido por sus pensamientos, se vio cosquilleado por su sexto sentido  y percibió las malas intenciones del águila que descendía para llevárselo. Con toda su fuerza empezó a gritar visceralmente pidiendo auxilio.

El pavo real que en aquellos momentos se encontraba cerca, en una fuente termal, lustrando su bello plumaje y extrayendo algún que otro piojillo, oyó sus alaridos despavoridos. Se centró y se percató de dónde procedían y se dirigió de inmediato al rescate del palomo. –Yo te auxiliaré- dijo al verle y aconsejó camuflarse tras unas plantas ostentosas de bonitas flores, ambos se acurrucaron, escondiendo sus cabecitas y el pavo real desplegó su hermosa cola, en forma de tapadera, como si formase parte del paisaje floral. Despistaron al ave rapaz, que aunque tiene fama de tener buena vista, perdió su pista y cogió otra dirección.

Cuando el peligró cesó, ambos sacaron la cabeza de debajo del ala y se miraron frente a frente, con el corazón latiendo rápido por el reciente acontecimiento y desde aquel momento estrecharon lazos de hermandad y un profundo respeto nació entre ellos.

Se corrió la voz del acto heroico del pavo real y por unanimidad todos los miembros de la comunidad acordaron condecorarle con una medalla diseñada de un precioso mineral, rodeada de unas pequeñas plumitas blancas. Le fue colgada en su cuellecito, acompañada de un buen discurso de agradecimiento. Le gustó tanto que no se la quitaba ni para tomar sus baños termales y a cada paso que daba sacaba pecho, para lucirla con más honor. Desde aquel día pasó a ser  muy admirado, no por su plumaje sino por su heroicidad.

¿Qué fue del palomo? Pues el palomo gracias a su nuevo amigo aprendió que el descanso y el saber vivir las cosas bonitas que la vida ofrece eran también cosas importantes a tener en cuenta y practicar para conseguir un sano equilibrio.

Si tuviésemos que expresar una moraleja del cuento sería esta: no debemos menospreciar a nadie, en la vida nunca se sabe de dónde procederá la ayuda, a veces viene de quien menos se espera.