viernes, 17 de enero de 2014

LA TERCERA SEMILLA (cuento)








Una abeja distribuyó tres semillas en un lejano país.  La primera cayó  en una región cálida, con mucha luz y un tiempo estable. La segunda en un entorno bellísimo, con espléndidas plantas y árboles a su alrededor y un gran lago lleno de cisnes y patos. La tercera cayó en un   ámbito muy árido.  Entre junta  y junta de  roca, fue a caer la simiente.  Fue creciendo entre la sombra que estas le proporcionaban. Su desarrollo no fue fácil, aquel ambiente la desolaba, ella estaba hecha para un clima muy distinto  al que se encontraba expuesta. Sus raíces pedían un clima cálido;  pero entre los lados de las rocas logró protegerse del agresivo clima de aquella zona e ir desarrollándose como buenamente pudo.

Llegó un día que su altura sobrepaso  a la de la roca y fue entonces cuando se asomó al mundo.

Lo que más le gustó fue ver el cielo azul. Quedó prendada y miraba y miraba sin cansarse, durante largas horas. Luego descubrió los pájaros que se desplazaban volando y deseó ser como ellos, para marcharse de aquel lugar, pero sabía que esto era imposible, las plantas no pueden desplazarse por sus propios medios. Así que se contentó con ensimismarse poniendo su mirada en estos elementos y notó que al hacerlo algo vibraba dentro de ella, en su corazón. Era como un deseo de fusionarse, de dejar de estar aislada; pues aunque habían muchas rocas a su alrededor, sentía una inmensa sensación de soledad en sus entrañas, pues con ellas solo podía compartir su dureza y ella no estaba hecha de aquel material. Las rocas la instaban para que adquiriera algunas de sus características, para formar parte de su comunidad, estaban dispuestas a adoptarla si renunciaba a sus propias  peculiaridades y se acomodaba a las suyas.

No le gustaba la dureza de las rocas, no la veía bonita. Aquella dureza añadida a sus ángulos y picos imponía. Parecían haber sido creadas para autodefenderse e imponerse con solemnidad, se sentían protegidas, como dentro de una armadura. Normalmente las rocas son erosionadas por los cambios climáticos y su forma se va suavizando, redondeando; pero aquellas parecían no haber evolucionado en este sentido. Eran fuertes y muy poco moldeables. Su cuerpo no estaba hecho de aquella materia y la convivencia resultaba más que difícil y complicada, pues además las rocas tenían un carácter pendenciero, exigente y autoritario que distaba mucho del suyo, que buscaba siempre la armonía y la suavidad. Le parecía que le estaban pidiendo un imposible. Quizás habían olvidado que sus orígenes provenían de otro lugar y que aunque le habían permitido echar raíces en un rinconcito de su hábitat, aquel era un precio sumamente elevado a pagar: se le exigía  despojarse de su sensibilidad y acatar sus creencias, renunciando a las suyas propias. Aquello era casi como morir en vida.

No sabía de qué modo resolver aquel dilema, no podía mudarse a otro lugar y quedarse allí para adquirir dureza tampoco le seducía; su alma era muy libre y adquirir ese compromiso era como una forma de negación a sí misma.

Los días fueron pasando, las semanas, los meses y también los años. De alguna forma notó que su esencia se iba resintiendo por la influencia de aquel ambiente rocoso, pero un día hizo amistad con un pájaro que se posó en una de las rocas que le rodeaban.

El pájaro se llamaba Celeste y aquella amistad progreso mucho en poco tiempo, así que se vio con fuerzas de abrirle su corazón y explicarle que se encontraba en una encrucijada con las rocas. El pájaro recibió el mensaje y se decidió a ayudarle. Día a día le traía nuevos y extraños materiales que iban acumulando, parecía como que quería construir un nido. Y así fue, poco a poco iba construyéndolo con nobles vegetales y otras materias más misteriosas, de las cuales no podía revelar su procedencia, ya que venían de un lejano reino. Finalmente fue terminado y quedó como una especie de invernadero muy peculiar. Allí dentro el clima era muy cálido y de esta forma logró salvaguardar sus particulares características y su sensibilidad, que tanto apreciaba. Al poco tiempo se percató que allí dentro nacían extraños alimentos que nutrían su alma positivamente.

Con el paso de los días pudo comprobar que los acontecimientos del clima externo habían perdido influencia, pues no podían traspasar el invernadero interior. Poco a poco surgió en ella un sentimiento de inocente alegría, que jamás habría creído posible experimentar. Gracias a los minerales de los nutrientes proporcionados por su invernadero, la planta floreció. Era una flor  que no estaba catalogada, porque conservaba su unicidad y como en este mundo todo tiene que estar clasificado,  fue bautizada con el nombre de: Flor de Roca.

Siguieron pasando años y más años y la flor parecía imperecedera, no se marchitaba. Los estudiosos de la botánica no podían entenderlo,  pero así era y no solo no perecía sino que seguía ganando altura, ya que el deseo de la flor era fundirse con el cielo y este deseo no había mermado nunca sino que se había incrementado con el transcurso del tiempo. Llegó un momento que el deseo fue tan fuerte que su altura alcanzó el cielo y se fundió con la energía del sol.

Así fue como los estudiosos no pudieron proseguir sus investigaciones y la Flor de Roca pasó a ser una leyenda, que va transmitiéndose de padres a hijos generacionalmente; pero los niños –que todos sabemos que son criaturas muy receptivas- son capaces de verla, en algunas ocasiones, cuando van de excursión por aquella zona, aunque sus padres como es normal no les crean.



 

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